Recuerdos de domingo.Mi madre, con flores de tela en el pelo y los pezones tiesos, me aprieta con fuerza contra su cuerpo. Estamos las dos sobre una toalla de colores algo desteñida, y bastante húmeda, en una playa casi desierta. "Venga, mi niña", me dice al oído, "No tenga frío: su mamá la cobija".
Hay un hombre joven que entra y sale de casa al que me veo obligada a llamar papá. Es muy alto, altísimo, tanto que casi no conozco su cara. No recuerdo que nunca me haya tenido en brazos.
La mesa está puesta y la comida servida. Estamos esperando a alguien que no llega. De pronto mamá dice "enseguida vuelvo" y se encierra en el cuarto de baño. Oigo como maldice, llora, estrella un frasco de perfume contra el suelo. Tengo hambre. Hundo la cuchara en el plato de sopa y trato de pensar en otra cosa.
El Monstruo duerme profundamente. La noche anterior nos hemos acostado muy tarde, los dos bastante pasados de alcohol y drogas. Abro la nevera buscando leche para el desayuno. Encuentro medio limón, una lechuga algo mustia, dos yogures caducados y cuatro botellas de agua, una de ellas a medio consumir. Si quiero despertarlo con el almuerzo tendré que salir a comprar cualquier cosa ya hecha. Cuando voy al cuarto de baño y me miro en el espejo descubro que tengo un moratón considerable en el pómulo derecho. No recuerdo nada, salvo que me ha follado más de una vez de forma salvaje.

Estuve pensando en el Monstruo. Bueno, no exactamente en él. En realidad pensaba qué fue lo que me hizo enamorar de semejante tipejo. ¿Estaré desequilibrada, loca, muy enferma? Mi madre me lo dijo más de una vez: "¡Enamorarte de ese chulo baratato! Tienes que estar mal de la cabeza..." La otra, la Mujer que Todo lo Sabe no decía nada: dejaba que yo hablara sola y algunas veces, muy pocas, lanzaba algún comentario sin importancia
Es solamente un título, lo sé, pero empiezo a reconocer las diferencias entre aquella que fui y la que despertó esta mañana lejos de su casa. Resultaba fácil llorar. Sin embargo, al abrir la ventana, encontré al sol asomándose entre los edificios, tan próximos como desconocidos, y decidí no hacerlo. Me miré en el espejo del cuarto de baño y ví a la de siempre, aunque algo más demacrada y sin el habitual cigarrillo entre los labios. No había ninguno en la única cajetilla de Marlboro que pude pillar hurgando entre mis maletas. ¡Mis maletas! Cuánta literatura, niña. Tengo dos bolsos de mano llenos a reventar y algunas pocas cosas más en otras tantas bolsas de papel que ponen Gucci y Adolfo Domínguez. No son mías. Quiero decir que yo no compré nunca nada en ninguna de esas tiendas. Andaban por la casa del Monstruo, vacías de un contenido que puedo suponer bastante bien: botellas de vino, de cerveza, de vodka. Los alcohólicos presentes de los alcoholizados invitados a sus fiestas salvajes.
Hoy, cuando volví a entrar al blog, me avergoncé por la foto que había colgado ayer mismo, apenas crearlo. Allí estaba yo -o la sombra borrosa de lo que alguna vez fuí- aferrada a mi último cigarrillo: el del andén, el de la despedida. La soledad tiene estas cosas. No hay nadie que te diga "ponte así o asá", "mejor te sonríes, querida" o "no te muevas, por favor; vas a salir movida". Lo bueno es que tampoco hay nadie que te empuje contra la pared o te dé un tirón de pelo porque le has arruinado una toma con "tu cara de pava". Sólo puse en automático la cámara, su muy querida cámara, la que me traje conmigo sin pedirle permiso, y traté de parecer lo más natural posible. Quería inmortalizar aquel momento, tener un recuerdo de los primeros instantes de mi nueva vida. La foto es horrible, pero al menos no se ven las lágrimas. Sí, lloraba. ¿Qué necesidad tengo de engañarlos? Estuve llorando sin parar durante casi tres horas. Creo que solté una lágrima por cada minuto de mi vida. "Un duelo necesario", diría La Mujer Sabia, la que Todo lo Analiza. ¡No te jodes! Frente a ella jamás he llorado. No le voy a dar ese gusto a la muy lista. Tampoco lloraba por el Monstruo; ya le gustaría a él verme llorando como lo hice. Si hasta me parece oírlo: "Te dije que no aguantarías separarte de mí". Hijo de puta sádico. Pues te equivocas, cabrón. Sólo lloraba por mí, por todas las partes de mí que estaba enterrando.
He llegado un poco tarde, lo siento. No tuve elección. Querría haber empezado el año en una nueva tierra, lejos, muy lejos de aquella otra donde tanto me han hecho sufrir. Dicen que el hombre propone y Dios dispone; yo podría decirles que una mujer proyecta y el demonio siempre tuerce su camino. ¿Qué cuántos años tengo? Da igual, ¿verdad? Cuando hayan sabido más sobre mi agitada vida podrán suponerme la edad que más les apetezca. Si yo les dijera la verdad ahora mismo -y se supone que la verdad es la que consta en unos miserables documentos de papel plastificado que bien podrían ser falsos- pensarían que estoy mintiéndoles o al menos dudarían muchísimo de mi sinceridad. Tampoco daré demasiadas precisiones sobre el pueblo, o la ciudad, que acabo de abandonar. Era un lugar miserable, insano, perverso, mortífero. Ahora quiero seguir viviendo, proteger esta nueva esperanza, tan frágil e inestable como yo misma. Mi vida peligra, si. El Monstruo ha jurado acabar conmigo y lo ha hecho frente a lo único que le he visto respetar en esta vida: el retrato de su madre muerta. Aunque parezca mentira, El Monstruo tenía madre. Los monstruos también nacen de mujer y hombre, o tal vez sea más simple decir que a veces las mujeres normales también paren, parimos, auténticos engendros. Estoy muy cansada. Me agota hablar de mí. Sin embargo los Hombres que Todo lo Saben y las Mujeres que Todo lo Analizan me han dicho que debo hacerlo. Opinan que si no hablo nunca lograré ser libre, que si me aferro a mi silencio jamás alcanzaré la felicidad.